Soy de esas personas que adoran cumplir años, me entusiasma, me gusta y lo disfruto. Ya rondando el día veinte del mes y hasta el veintiocho, me surge una emoción inexplicable que confieso es muy infantil, pero aún así me hace feliz y no me privo de vivirlo intensamente y degustarlo, así como cuando nos queda el último cuadradito del chocolate favorito. En las inmediaciones de mi fecha, me gusta hacer reflexiones de mi vida, mucho más que lo que es habitual para mí. Hoy cumplo cincuenta años, y lejos de pensar en el número absoluto, pienso en lo impresionante y maravillosa que es la vida. No me asusta ser cincuentona, no me asusta la vejez y no me asusta el paso del tiempo porque no hay nada mas increíble que el aquí y ahora. No nací como la mayoría en una institución de salud, no. Nací a las corridas, en la esquina de mi casa en donde una partera vivía estratégicamente sin saber que salvaría mi vida. Ese patrón de ir por la vida con rapidez y sed de no querer perderme ni un insta...
Hace 26 años me recibía de médica y hoy estamos atravesamos una realidad incomparable a cualquier otra precedente, como médicos y como personas. La globalización trae de la mano esta pandemia sin igual. El coronavirus se aproximó sin pausa, prepotentemente, trayendo cosas inéditas y espeluznantes. Expone día tras días los extremos más profundos del ser humano. Nos evidencia la muerte, la vida, el coraje, la cobardía, la solidaridad, el egoísmo, el respeto y el atropello, la inteligencia y la idiocia de las personas. Sigue dejando al descubierto la mediocridad, el individualismo y el oportunismo. Pero también nos muestra el amor por nuestros semejantes, la valentía y el altruismo de mucha gente. Sin dudas nada será igual después del Covid-19, no miraremos del mismo modo a muchas personas. Cayeron muchas caretas, conocimos el verdadero "yo" de muchos quienes creíamos conocer. Este virus expuso a todos aquellos a quienes de verdad le importamos, y hasta nuestro vecino hoy ...